Cara A
Muros resquebrajados: La intimidad en la
era de la hiperconexión,
de Paula Sibilia
Llevar el celular a todas partes, chequear los emails compulsivamente,
reportarse varias veces por día en las redes sociales, contarles
a todos lo que uno (no) está haciendo y cerciorarse de todo
lo que (no) hacen los demás, publicar fotos en un fotolog
y subir videos a Youtube, conectar la webcam para mostrarse en
vivo y en directo, narrar trechos de la propia vida en un blog.
Ésos son solo algunos de los canales que hoy nos permiten
hacer de la intimidad un espectáculo: ya no es necesario
participar en un reality-show para que la vida cotidiana de cualquiera
se replique en millones de pantallas.
Hablamos y nos mostramos
con puntillosa avidez, todo el tiempo nos comunicamos sin dejar
un solo vacío en el cual abismarnos.
Quizás de eso se trate: hay que abrir la mayor cantidad
de ventanas virtuales para airear la intimidad, ponerse en contacto
permanente con el fin de evitar, a toda costa, que nos envuelvan
el silencio y la soledad.
¿Por qué semejante pavor?
No toleramos más
algo que hasta hace poco constituía
el combustible vital para la edificación del yo: silencio
y soledad, precisamente, aquel dúo otrora tan preciado,
que sólo lograba desplegarse a gusto en lo más íntimo
del espacio privado. Pero ya no. Por una serie de motivos históricos —que
son tanto económicos como políticos, socioculturales
y morales—, no soportamos más estar a solas con nosotros
mismos.
En una cultura que enaltece la visibilidad y la celebridad
para “ser
alguien”, dudamos de nuestra propia existencia si nadie nos
ve. Por eso, tenemos que gritar todo lo que somos con megáfonos
de alcance global, hay que mostrarse de frente y perfil, que nos
oigan, que nos vean… al fin y al cabo, caramba, ¡éste
soy yo!
Si la sociedad espectacular nos ha liberado de ciertos pesos
y culpas que eran fundamentales en el universo intimista decimonónico,
también nos ha vuelto muy frágiles: dependemos de
la mirada de los demás para existir, y cada vez nos resulta
más difícil estar solos. Por eso, pululamos espasmódicamente
en la virtual ingravidez de las múltiples pantallas, buscando
una mirada que nos conceda vida. La intimidad, al menos en aquella
anticuada versión protegida con cortinas y pudores, tal
vez haya dejado de tener sentido.
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