Cara A
(in)timo, de Federico Kukso
Abro la ventana y la cierro. Me arrepiento y levanto sólo
la persiana. Dejo entrar la luz y que los miembros cuasianónimos
de aquel micromundo de ego tan agigantado que se vende simplemente
como "mundo" introduzcan su mirada, que rastrillen con
visión infrarroja aquel espacio hasta no hace mucho oculto
y reservado sólo para la pareja de turno o para los ridículos
pero adictivos tests de personalidad que pueblan aquellas revistas
hechas para olvidar.
Yo soy aquel edificio, esos 100 billones de ladrillos llamados
células. Yo soy ese ballet de átomos engarzados y
tiritantes, comprometidos en un baile constante y silencioso. Mi
sistema nervioso es mi red eléctrica, mi internet local
en la que se conectan todos mis periféricos. En mi interior
una bomba late cien mil veces al día, 35 millones de veces
al año, mientras que en un segundo plano transcurre una
carrera sin bandera a cuadros: bólidos de hierro llamados
glóbulos recorren 96 mil kilómetros de vasos sanguíneos
como si fueran rutas.
Soy capas y capas de significados y sinsentidos, una excavación
arqueológica en movimiento cargada de pensamientos, tejidos
y huesos extraños y ocultos. Ahí están todas
estas columnas invisibles –aparatos y sistemas, según
la taxonomía de las ciencias médicas--, en orden
y posición, evitando que todo este complejo arquitectónico
de 174 cm de altura se desplome como las Torres Gemelas.
Y pese a saber eso y otras curiosidades repetidas como un disco
que patina, esta construcción sólo es capaz de funcionar
en base a un olvido deliberado, recordar y borrar una y otra vez
un hecho inexorable de la naturaleza: que no somos aquellos que
nacimos; sólo somos entidades en regeneración constante:
los glóbulos rojos sólo viven 120 días y los
huesos se renuevan cada década. Pese a la sentencia del
documento, la realidad es otra: la mayoría de la gente que
conocemos o vemos deambular en la calle tiene diez años
o menos. La Tierra es un mundo de chicos.
Todo cambia, todo se renueva con una excepción: las neuronas
de la corteza cerebral que duran hasta la muerte. Ellas son –soy--
yo. Ellas son mi "interior".
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