Acido Surtido 21         Ver cara A         Ver cara B 

Cara A

(in)timo, de Federico Kukso

Abro la ventana y la cierro. Me arrepiento y levanto sólo la persiana. Dejo entrar la luz y que los miembros cuasianónimos de aquel micromundo de ego tan agigantado que se vende simplemente como "mundo" introduzcan su mirada, que rastrillen con visión infrarroja aquel espacio hasta no hace mucho oculto y reservado sólo para la pareja de turno o para los ridículos pero adictivos tests de personalidad que pueblan aquellas revistas hechas para olvidar.
Yo soy aquel edificio, esos 100 billones de ladrillos llamados células. Yo soy ese ballet de átomos engarzados y tiritantes, comprometidos en un baile constante y silencioso. Mi sistema nervioso es mi red eléctrica, mi internet local en la que se conectan todos mis periféricos. En mi interior una bomba late cien mil veces al día, 35 millones de veces al año, mientras que en un segundo plano transcurre una carrera sin bandera a cuadros: bólidos de hierro llamados glóbulos recorren 96 mil kilómetros de vasos sanguíneos como si fueran rutas.
Soy capas y capas de significados y sinsentidos, una excavación arqueológica en movimiento cargada de pensamientos, tejidos y huesos extraños y ocultos. Ahí están todas estas columnas invisibles –aparatos y sistemas, según la taxonomía de las ciencias médicas--, en orden y posición, evitando que todo este complejo arquitectónico de 174 cm de altura se desplome como las Torres Gemelas.
Y pese a saber eso y otras curiosidades repetidas como un disco que patina, esta construcción sólo es capaz de funcionar en base a un olvido deliberado, recordar y borrar una y otra vez un hecho inexorable de la naturaleza: que no somos aquellos que nacimos; sólo somos entidades en regeneración constante: los glóbulos rojos sólo viven 120 días y los huesos se renuevan cada década. Pese a la sentencia del documento, la realidad es otra: la mayoría de la gente que conocemos o vemos deambular en la calle tiene diez años o menos. La Tierra es un mundo de chicos.
Todo cambia, todo se renueva con una excepción: las neuronas de la corteza cerebral que duran hasta la muerte. Ellas son –soy-- yo. Ellas son mi "interior".

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