Cara A
Sin título, de Nico Hardy
Siempre me pregunto por qué tengo tanta facilidad para
mostrar la intimidad ajena. ¿Es que no la respeto? ¿Será que
en realidad no la entiendo? ¿Tanto me interesa?
Cuanto más me adentro en una vida ajena, más confirmo la impresión
de que en realidad la intimidad es medio hermana de la vanidad. El modo en que
somos percibidos por los otros marca cuáles son los límites entre
la fachada pública y lo que consideramos privado.
Durante años conviví con una persona que escribía en su
diario íntimo todos los días. Nunca rompí el juramento de
no leerlos. Estaban ahí, en un estante de la biblioteca. Quizás
el acto más íntimo que conozco es precisamente éste: tener
conciencia de que hay un lugar al que no debemos (pero podríamos)
acceder.
La duda entonces es: ¿hay algo que sea íntimo,
que sí podamos compartir? La intimidad compartida parece
más un acuerdo entre las partes que un fin en sí mismo.
El ejercicio en intimidad ajena más fuerte que me propuse
resultó más que interesante. Fotografié a
gente tan temprano por la mañana que no les daba tiempo
a construir el sentido del yo. La abrumadora mayoría está dispuesta
a abrirse, es sólo cuestión de ver, preguntar y escuchar.
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