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Cara A

Las partes íntimas, de Rosario Bléfari

Estar a solas resuelve todo.
Nadie que esté solo día y noche -sin el mundo-
necesitaría momentos de intimidad.

La idea de la posible reacción de los demás
alista cuestiones en lo íntimo.
Todo puede ser usado en nuestra contra
si sale –inconveniente o inoportunamente- de esa esfera.
El miedo al rechazo y a la sustracción
atrincheran cuestiones en la zona íntima.

Alguien asiste a nuestra intimidad sin nuestro consentimiento,
somos espiados o sorprendidos y la pérdida es demasiado importante,
porque esa vida fuera de la mirada ajena es el sustento de la otra.
Pero aún si fuésemos despojados de ese derecho
siempre habrá una intimidad más allá de nuestros cuerpos y actos,
la que no puede violarse.
Incluso más allá de nuestro pensamiento y su lenguaje,
hay un lugar recóndito donde no llega
ni la luz de la propia conciencia
la morada de lo más íntimo
nuestro revés,
nuestra cocina,
nuestro “detrás de la escena”
nuestra sala de máquinas
y no hay libre acceso para nadie.

Dicen que puede manifestarse en las rajaduras y
de nada valen las reservas para proteger su sentido
porque cada uno de nuestros gestos proviene de la intimidad
y como su eco revela constantemente nuestro empeño
la vida que tuvimos, las ausencias y la suerte
y vamos dejando esa estela a la vista de todos por donde pasamos.
Bien lo sabe el tímido: todo es íntimo.

La curiosidad, la observación,
el placer de ver hacer a otro,
todas las gradaciones posibles del mirar
para aprender, para criticar o para acabar,
pone los límites o los corre.

El territorio de lo íntimo es el resultado de una interacción
y al mismo tiempo un lugar inevitable
del que una parte de nosotros nunca sale
pero queda al descubierto en el descuido.

Que la última instancia de lo íntimo permanece inaccesible
es una ilusión para creer que algo puede ser preservado
Y creer que alguna intimidad es retratable
es la ilusión que compensa su imposible.

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