Cara A
La elegante intimidad del señor del altillo,
de Mario Bellatín
Hace muchos años la poeta Reina de Animas contaba con un
pretendiente. El joven vivía en el edificio de enfrente
y visitaba a la poeta hasta una hora respetable de la noche. Yo
llegué a conocer a aquella persona. Eso ocurrió cuando
ya había dejado de cortejar a Reina de Animas. En aquella
ocasión –me lo crucé cierta vez que fui a visitar
a la poeta- me contó, no sé bien por qué motivo,
que después de sus visitas galantes subía unos pisos
más para llegar hasta el departamento de un amigo suyo –un
señor mayor- que vivía casi al final de las escaleras.
Añadió que lo visitaba en las noches porque era un
caballero bastante ameno. En ocasiones llevaba a aquel departamento
a algunos compañeros. El señor casi siempre abría
algunas latas de carne soviética para ellos, las que acostumbraba
acompañar con galletas caseras. Siempre tenía algo
de licor. Lo que quizá deseaba contarme en esos momentos
el vecino de la poeta Reina de Animas, es la vez en que el señor
ameno se emocionó más de la cuenta con uno de los
muchachos presente en la velada y en plena acción sexual
cayó fulminado. Me comenzó a describir lo difícil
que empezó a ser apartar al amigo del amable señor.
Parece que el rigor mortis le llegó demasiado pronto. Por
más que trataron no pudieron despegarlos. El amigo comenzó a
aterrarse cada vez más con la situación, con la presencia íntima
de aquel cuerpo frío del cual no podía separarse.
Sentía que a cada minuto los músculos del señor
fallecido se iban apretando más. El joven comenzó a
lanzar gemidos de dolor, y empezó a rezarle a la Virgen
de la Caridad del Cobre con la intención de jurarle que
nunca volvería a cometer un pecado semejante. No lo haría
ni siquiera por una botella de ron. En su plegaria imploraba que
le devolvieran su órgano y que no se lo llevara el elegante
señor en su camino al más allá. Con la intención
de que en el departamento de Reina de Animas se oyeran los gemidos,
le taparon la boca al joven con un trapo y envolvieron ambos cuerpos –el
del señor del altillo y el del joven, uno muerto y el otro
con vida- en una gran sábana que amarraron con unas cuerdas.
De esa forma bajaron el bulto por la escalera del edificio y lo
condujeron por la calle de Animas. Con el atado sobre los hombros
saludaron a algunos de los vecinos que preguntaron por aquella
sábana que hacía movimientos convulsivos. Los muchachos
que aquella noche se habían reunido donde el señor
del altillo, contestaron que transportaban un par de puercos que
los ayudaría a soportar el periodo especial. Sin ser advertidos
por nadie dejaron abandonados los cuerpos en los jardines del Hospital
Hermanos Almejeiras –situado al final de la calle de Animas-.
El vecino me dijo que nunca más supo sobre la suerte que
corrieron aquellos extraños amantes. Algunas semanas después
las autoridades cerraron para siempre el departamento del elegante
señor. Un suceso curioso: segundos antes de que el señor
del altillo sufriera el ataque –en pleno goce además-
gritó como últimas palabras que una perra negra se
iba a suicidar tirándose al vacío desde la ventana.
La poeta Reina de Animas la vio caer cierta tarde de otoño.
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